7 de marzo de 2026

Vivienda propia: millones quedan afuera pese a programas y créditos

Aunque la banca y el Estado ofrecen créditos, gran parte de la población no logra cumplir los requisitos. En más de una década, solo 250.000 familias consiguieron casa, pero el déficit supera 1,6 millones de viviendas

A sus 63 años, Aniceto Hinojosa aún sueña con una casa propia. Pese a que sus manos dieron forma a joyas de gran valor en oro y plata, su trabajo como orfebre no le otorgó las prestaciones necesarias para acceder a un crédito de vivienda. Vive en una obra rústica, sin paredes revocadas ni las comodidades de una casa convencional. En un día con suerte puede ganar hasta Bs 250; otras veces, ni eso.

Este perfil no busca generar lástima, sino reflejar que el acceso a la vivienda sigue siendo una deuda pendiente. Aunque en los últimos años el Estado impuso tasas para créditos más accesibles y desarrolló programas habitacionales, el sueño de la casa propia llegó a pocos.

Los datos lo confirman. En el marco de la Ley de Servicios Financieros, 100.573 familias fueron beneficiadas con créditos de Vivienda de Interés Social (VIS), otorgados por la banca múltiple, cooperativas y cajas de vivienda supervisadas por la Autoridad de Supervisión del Sistema Financiero.

A ello se suman los programas estatales ejecutados por la Agencia Estatal de Vivienda durante las gestiones de Evo Morales y Luis Arce. En casi 14 años de gobierno, estos planes beneficiaron a alrededor de 151.000 familias.

El quinquenio de Arce, hasta agosto de 2025, se entregaron 76.238 viviendas bajo este sistema.

No obstante, estos esfuerzos no lograron reducir el déficit habitacional, que según del Instituto Nacional de Estadística (INE) alcanza a 1,6 millones de viviendas.

Lejos del circuito formal

Desde muy joven, Aniceto trabaja como orfebre. Sus manos crearon joyas que pasan por vitrinas elegantes. En su oficio —aclara — no todo es brillo.

La materia prima es cara, la ganancia es apenas la mano de obra y, cuando el mercado se enfría o el país se bloquea, el taller también se queda sin pulso. En un buen día puede ganar hasta Bs 250; un aprendiz, con suerte, llega a Bs 100.

No tiene salario fijo, ni boleta, o alguna forma de cómo demostrar ingresos ante un banco que pide certezas en un país lleno de incertidumbres.

Aniceto pertenece a ese 85% de bolivianos que vive del trabajo informal. Gente que produce, pero que no encaja en los formularios bancarios. Por eso, cuando se escucha hablar de créditos de vivienda social, suena más a ironía que a oportunidad.

Sostiene que las normas exigen ingresos estables que superan los Bs 7.000 u Bs 8.000 y papeles que el día a día informal no puede ofrecer. Incluso el 15% que tiene empleo asalariado —dice— muchas veces tampoco alcanza. El resultado es simple y brutal: los programas existen, pero no son para ellos.

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